Breve historia de la legalización del cannabis en Canadá


17 de Octubre del 2018: legalización del cannabis en Canadá para uso recreativo

Desde el día 17 de Octubre del 2018, se pueden vender y comprar legalmente, flores, plantas, semillas y aceites de cannabis en Canadá. Tan solo se necesita ser mayor de 19 años. Aunque algunas provincias, como Quebec, permitirán a jóvenes mayores de 18 también. La máxima cantidad de marihuana que se puede tener legalmente es de 30 gramos de flores secas.

Tan solo 48 horas después de ser declarada legal, Canadá se enfrenta a una pintoresca situación: no hay suficiente marihuana para la extraordinaria demanda de miles de entusiasmados consumidores que esperan, ordenada y pacientemente, largas colas para comprar unos gramos de su variedad preferida con fines recreativos. La marihuana medicinal ya era legal en este país desde el año 2001.

Pero la legalización para uso lúdico ha desbordado todos los cálculos logísticos de demanda. La expectativas se quedaron muy cortas en comparación con la realidad. Tan solo en la Isla Príncipe Eduardo, el primer día se vendieron 152,408 millones de dólares.

Para miles de personas que han padecido el estigma legal y social del prohibicionismo, la sensación debía ser parecida a la que experimentaron miles de ciudadanos alemanes cuando el 9 de Noviembre de 1989 se derrumbó el muro de Berlín, popularmente conocido como “el muro de la vergüenza”.

Tuvo que ser legendario ver cómo la Policía que antes reprimía, multaba y encarcelaba por delitos cometidos en relación al cannabis, ayudaba cívicamente aquel día a que las interminables colas de clientes fluyeran con total naturalidad.

Muchos ciudadanos jóvenes no sentirán la misma emoción que los que ya tienen una edad que les ha permitido comprobar y padecer el prohibicionismo. Sobre todo en una sociedad en la que consumir y comprar drogas legales como el alcohol o el tabaco, no supone el menor problema, ni legal ni social. Y esto sin mencionar la ingente cantidad de drogas de síntesis creadas por la Industria de la farmacología y que nos son recetadas a diario con una facilidad pasmosa.

Millones de personas enganchadas a las benzodiacepinas, somníferos de diversa consideración y muchas más que, además de altamente adictivas, son muy nocivas para nuestra salud. Pensar que muchos de los desórdenes que se supone solucionan estas bombas químicas, pueden solucionarse con la planta medicinal más antigua de la historia de la medicina natural, el cannabis, y sin efectos colaterales tan perniciosos, resulta perverso.

Afortunadamente, desde que en 1994 el Doctor Raphael Mechoulam sintetizara el principal cannabinoide psicoactivo de la planta, el THC (Delta 9 tetrahidrocannabinol), se abrió la puerta al estudio científico riguroso de todos los demás cannabinoides, como por ejemplo el CBD (cannabidiol). Este hecho, de por sí reconocido por la comunidad científica, y la posterior legalización del cannabis en países de prestigio internacional, como Canadá o los EEUU, supone un paso gigante para el concepto de la salud y la medicina natural, y un inmenso alivio para muchos miles de seres humanos en los que la prohibición, en mayor o menor medida, interfirió muy negativamente en sus vidas.

A raíz de la investigación iniciada por el Doctor Mechoulam, los adelantos han sido inimaginables. Pero desde que Uruguay (el primer país que legalizó el cannabis), EEUU y Canadá legalizaron oficialmente el uso medicinal y recreativo del cannabis, el mundo entró de pleno en una revolución medicinal, cultural y económica de una relevancia que algún día será reconocida.

Ha sido una empresa de gran calado en la que han intervenido, durante muchos años, investigadores de talla internacional como el ya mencionado Mechoulam, activistas que tuvieron que padecer en sus carnes la demonización sociopolítica de la planta, como el gran Jack Herer, políticos, empresarios, nutricionistas, ecologistas, economistas, juristas, botánicos…Una larga lista de luchadores que, en ocasiones desde el anonimato y en ocasiones abiertamente, han luchado para lograr algo que a muchos nos parecía una cuestión de mero sentido común, pero a otros muchos un delito propio de pervertidos, “negratas”, yonquis, delincuentes y otras gentes de mal vivir.

Fue Jack Herer quien respondiendo al juez en uno de sus múltiples enfrentamientos con la ley por su defensa del derecho individual al cannabis dijo: “No se puede prohibir cultivar una planta que crece de forma natural en la naturaleza”. Afortunadamente cada vez son más los que opinan que es una cuestión de sentido común e incluso de Derecho Natural. ¿Quién es nadie para permitirme o prohibirme lo que puedo cultivar en mi jardín?

Afortunadamente, el sentido común y la evidencia médica se van imponiendo, aunque todavía queda un camino arduo y largo para que, por ejemplo, un insomne entienda que un poco de CBD disuelto en un vaso de leche caliente y miel, tomado antes de irse a dormir, le evitará la ingesta de muchos químicos adictivos y nocivos.

Por si esto no fuera suficiente como argumento sanitario, las investigaciones de los últimos años han denominado al cannabis “super food”: comida de enorme valor alimentario.

Por desgracia, en este tema la razón está confrontada con la industria farmacológica: un gigante de gran poder económico al que no interesa que millones de pacientes dejen de tomar sus píldoras.

“Con la Iglesia hemos topado …”

Permíteme, querido lector, que inserte en este artículo unas líneas sobre Miguel de Cervantes, escritor del libro Don Quijote de la Mancha. A Cervantes se le reconoce como uno de los grandes escritores del siglo de oro (siglo XVII). Pero además era un genio muy adelantado a su época; un crítico mordaz de la sociedad que le tocó vivir y que nunca fue entendido. Su humor, ácido y mordaz, en cierta manera similar al británico, le permitía escribir frases que siguen siendo de rabiosa actualidad hoy en día.

En cierta ocasión, se ve envuelto en problemas con unos clérigos. En aquella España, la Iglesia y su Santa Inquisición, tenían un poder inmenso. Don Quijote, para explicar a su leal escudero Sancho Panza, un hombre sin educación pero con gran sentido común y pragmatismo, le dice “sotto voce”: “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho…” Con estas escuetas palabras pretendía comunicar a Sancho que contra la Iglesia nada se podía hacer.

Pues bien, en el caso del cannabis, la Iglesia es la industria farmacéutica. Y contra este gigante, poco se puede hacer.

Si además tenemos en consideración el impacto de la legalización en la economía de estos países que han legalizado el cannabis y su efecto en el mercado negro, comenzaremos a atisbar el alcance de esta nueva manera de entender la planta que la Madre Naturaleza nos regala.

Aunque el primero en dar el gran paso fue el Presidente de Uruguay, el Señor Mujica, el impacto mediático y económico de la legalización en países del prestigio de Canadá y los EEUU, ha sido mucho mayor. En Ketama Seeds quisimos rendir homenaje al Presidente Mujica, y de esta gratitud nació nuestra genética Mujica Gold. Ha sido nuestra humilde manera de agradecerle un gesto que abrió muchas mentes y desencadenó un proceso que ya es irreversible.

Un poco de historia

La historia legal del cannabis en Canadá es la misma que la de casi todos los países del mundo: prohibición, encarcelamientos, sanciones administrativas y, como siempre, mafias y mercado negro. Un círculo vicioso que va del delito a la cárcel de muchos ciudadanos que en muchos casos son culpables tan sólo de cultivar o comprar. Así se retroalimenta el mercado negro y, por ende, las mafias. Mafias que en algunas ocasiones pueden llegar a ostentar un poder superior al del mismo estado, con el consiguiente peligro de que este llegue a convertirse en un Narcoestado; como está sucediendo con los carteles en México.

Canadá, antes de la legalización, disponía de un considerable mercado negro que obtenía pingües beneficios con la venta ilegal del cannabis. Diferentes problemas sociales, como la violencia en las calles y su relación con el mercado negro, y una pérdida exponencial del respeto hacia el Gobierno y sus fuerzas del orden han sido relacionados por sociólogos con el fenómeno de la prohibición.

Recientes estudios en relación a los ciudadanos canadienses mayores de 14 años, han puesto de manifiesto que alrededor del 44% de los adolescentes habían fumado cannabis al menos una vez en su vida. Es una tasa alta de consumo. Los usuarios de cannabis han sido catalogados de delincuentes y desviados. Tanto consumidores como no consumidores son catalogados según el estatus legal de la substancia. Al ser esta prohibida, la sociedad automáticamente estigmatizaba a estos jóvenes o adultos, por realizar un acto fuera de la ley y, además, con la depravada calificación penal de “delito contra la salud pública”

En el año 1923, cuando se declaró ilegal el cannabis, poca gente había escuchado o visto algo relacionado con la marihuana. Pocos años antes, el opio y la cocaína habían sido también ilegalizados y el cannabis recibió la misma consideración criminal. Precisamente por este desconocimiento de la substancia, tuvieron que pasar casi 10 años antes de que se produjesen los primeros arrestos relacionados con posesión de cannabis. Y es que realmente no era un problema para nadie; aunque sólo fuera por su poca demanda y consumo. De hecho, algunos sociólogos y periodistas denominaron esta realidad con el nombre de “la creación de una ley para nada”.

Y así continuó la situación del cannabis hasta mediados de los sesenta y la llegada desde el país vecino del movimiento hippie. La marihuana era uno de los factores más identificables con el movimiento de estos jóvenes, casi todos de raza blanca y clase burguesa media. No era una substancia de los barrios marginales sino todo lo contrario.

Neil Young, quizás el músico de folk/rock canadiense más querido y respetado hasta hoy en día, no ocultaba su ideología hippie y su amor por la vida en armonía con la naturaleza. Aparte de sus inolvidables vinilos en solitario, también solía tocar su guitarra, que junto a su particular voz y el virtuosismo de su armónica convirtieron a Neil Young en una leyenda, con el grupo americano formado por Crosby, Still y Nash. En aquellos entrañables conciertos al aire libre, Young y sus amigos hablaban sin tapujos de su filosofía vital y, por supuesto, de la marihuana. El cannabis pasó de ser una desconocida a convertirse en uno de los símbolos de una época.

En el año 2012, y tras una exitosa carrera musical de 40 años, Young dejó el cannabis y la música, justo antes de escribir sus memorias. En una entrevista concedida al New York Times declaró: “Lo hice durante cuarenta años. Ahora quiero ver cómo es no hacerlo. Es una perspectiva diferente”. Sin duda fue uno de los que más influyeron en la visión de la marihuana como una sustancia normal en Canadá y siempre manifestó su postura en pro de la legalización.

Durante los sesenta, la pena máxima por posesión de marihuana era de seis meses en prisión y multa de 1.000 dólares, si era la primera vez. La prisión se convirtió en un serio problema para una juventud que, por lo demás, siempre fue respetuosa con la ley. Canadá es un país con bajos índices de criminalidad. La gente es cívica y respetuosa con los demás y su entorno.

Hacer cumplir una ley que cada vez era menos respetada por la población se convirtió en un problema. El Gobierno se lanzó a realizar un estudio para examinar a fondo el asunto y tratar de encontrar una solución. El denominado “Le Dain Comission of Inquiry” realizó una intensiva investigación. Se consultó con diferentes expertos. Sociólogos, juristas, activistas del cannabis etc. Finalmente se publicó el estudio en 1972.

La Comisión Le Dain recomendó acabar con las condenas por posesión de cannabis. No obstante, y a pesar de ser conscientes de la baja toxicidad de la planta y su nulo potencial como droga de abuso, la Comisión no optó por la legalización. En su lugar, se optó por adoptar medidas que influyeran en la juventud para evitar que se iniciara en el consumo de marihuana.

Una manera muy común de “desdemonizar” el cannabis, practicada en países como los EEUU, Australia y Europa, fue el establecimiento de multas en lugar de penas de prisión. Una forma de nadar y guardar la ropa ya que el Gobierno seguía mostrando su oposición al cannabis pero reduciendo costes sociales y las negativas consecuencias de la prisión.

Sin embargo, el Gobierno rechazó la propuesta de la Comisión Le Dain de prescindir de las penas de prisión por posesión de cannabis. Durante los años posteriores al estudio de la Comisión Le Dain, comenzaron a incrementarse el número de voces a favor de la reforma penal y la sociedad ganó en adeptos y partidarios de la legalización. Sin embargo, el Gobierno seguía sin dar su brazo a torcer y mantuvo su postura.

Treinta años después de Le Dain, la presión social para cambiar el estatus legal del cannabis terminó con dos comités enfrentados dentro del Parlamento y cuya función era el estudio de las drogas ilegales en Canadá. Por fin, en el año 2002, el Comité sobre drogas no medicinales de la Casa de los Comunes y el Comité especial del Senado sobre drogas ilegales, entregaron sus conclusiones. Por primera vez ambos comités se pusieron de acuerdo en que había que cambiar la situación legal del cannabis.

De acuerdo con el espíritu de Le Dain, el Comité de la Casa de los Comunes recomendaba la despenalización de la posesión y cultivo del cannabis siempre que se hablara de pequeñas cantidades (hasta 30 gramos de posesión). El Senado fue mucho más allá y propuso la legalización del cannabis. Recomendó que tanto el cultivo como la venta de marihuana estuvieran sujetos a un sistema de licencias bajo control estatal. Y dejar las penas de prisión para delitos de tráfico y exportación del cannabis.

El punto de vista del Senado parte de la postura de la Comisión Le Dain. Reconoce el daño social de la penalización y la violación de los derechos de los usuarios. La ley no debería utilizarse para restringir comportamientos que no perjudican a otras personas, como es el caso del consumo del cannabis.

Sin embargo, el Comité parlamentario no era vinculante en términos legales. Su valor era meramente orientativo. Por lo tanto, el estancamiento legislativo continuaba sin ser resuelto. Y de esa forma el uso del cannabis continuaba teniendo consecuencias penales en Canadá.

La marihuana como medicina

Ya entrados en el siglo XXI, el punto de inflexión más significativo es el reconocimiento, aunque a regañadientes por parte del Gobierno Federal, del valor medicinal del cannabis. Desde el año 2001, comenzó a producirse el acceso legal al cannabis para ciertos tipos de enfermos, como por ejemplo, los pacientes de HIV y enfermos de otras enfermedades también muy graves. Todo esto regulado de acuerdo a las normas de la Medical Marihuana Access Regulations.

Sin embargo, el compromiso del Gobierno con este programa es sospechoso. Los permisos para el uso de cannabis por causas médicas han sido muy pocos (alrededor de 3000) mientras que una estimación a la baja nos da cifras mucho más altas de personas que se auto medican con cannabis.

Y además, los procesos para obtener los permisos eran caros y complicados. En definitiva, el programa hacía aguas por todas partes.

Finalmente, tras años de debate, de lucha activista y, también hay que decirlo, del sentido común y respeto de los ciudadanos canadienses, entre los más cívicos del mundo, llegamos hasta la firma del Cannabis Act (C-45), en Junio del 2018, que pavimentó el camino para la legalización del cannabis en Canadá, el pasado 17 de Octubre del 2018: una fecha a recordar.

Canadá y el vecino del sur

Que dos de las democracias más antiguas del mundo hayan legalizado el cannabis y que, además, sean países vecinos, es de suma importancia para exprimir al máximo todas las ventajas de la legalización. Ventajas para ellos dos, Canadá y los EEUU, y modelo a seguir para países que se están planteando la legalización. Por ejemplo, España.

Aunque fuera Uruguay el primer país que legalizó el cannabis, su influencia en la toma de decisiones en este sentido por parte de otras democracias occidentales, es prácticamente irrelevante. Muchos políticos y ciudadanos de a pie, ven en la legalización de Uruguay un ejemplo de mala toma de decisiones de repúblicas bananeras.

Sin embargo, que sean las dos democracias más antiguas del mundo y dos súper potencias económicas de nivel mundial, las que inician el proceso, hace que países como España, lo vean con mejores ojos. Tanto los EEUU como Canadá gozan de un gran prestigio en Europa. “Si canadienses y americanos han optado por la legalización, seguro que es bueno.” se plantea el ciudadano de a pie. Y no le falta razón. Porque ambos países son serios y ya se ha demostrado que el fenómeno ha tenido, tiene y tendrá importantes beneficios económicos. La legalización ha creado miles de puestos de trabajo y millones de dólares para las arcas del Estado.

Canadá es el único país del G-7 y el segundo, después de Uruguay, en legalizar el cannabis recreacional. La industria cannábica ha hecho una predicción económica en la que se prevé una ganancia de 22,6 billones de dólares y la creación, este primer año, de 150.000 nuevos puestos de trabajo.

Ha reducido la población carcelaria, con el enorme ahorro que ello supone para el bolsillo del contribuyente, y ha dado con la puerta en las narices al mercado negro y los carteles de México.

El servicio de protección de aduanas y fronteras de los EEUU ha declarado que no se restringirá la entrada en el país a ningún ciudadano canadiense que trabaje en la industria del cannabis. Obviamente esta decisión es de doble dirección. Sin embargo, de igual manera que las personas relacionadas con la industria cannábica no serán objeto de restricciones de entrada en los EEUU, sí lo serán los productos. Posiblemente se trata de otra forma de hacer realidad la célebre frase que llevó a Trump a ganar las pasadas legislativas: America first (América primero).

A pesar de todo, la legalización tiene sus límites en ambos países. Puede que sea legal. Sin embargo, en determinados trabajos, el contratante se reserva el derecho de decidir si se permite en su empresa. Por otra parte, parece lógico que el consumo de cannabis no sea compatible con ciertas profesiones en el desempeño de su trabajo. De la misma manera que un camionero no puede beber mientras conduce, tampoco puede fumar cannabis.

Sin embargo, la política restrictiva en Canadá es más light que en los EEUU. De hecho, en este país los policías pueden consumir marihuana medicinal siempre que no estén en pleno ejercicio de sus funciones. Aunque en teoría son las asociaciones de policías las que determinan si sus oficiales pueden o no consumir. Pero la realidad es mucho más abierta.

En la actualidad, se espera que las políticas en relación al uso del cannabis por parte de la Policía sean mejoradas, y las esperanzas están puestas en que los “polis” acaben por tener también el derecho de disfrutar no sólo marihuana medicinal, sino también la recreativa.

En cualquier caso, sin lugar a dudas, el 17 de Octubre del año 2018, es una fecha a recordar y que marca un antes y un después en la relación de las personas con el cannabis: una de las plantas más estigmatizadas.

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